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Autobuses que te hacen de derechas

Autobús urbano de Santiago de Compostela

Viernes, 13:30 horas aproximadamente. El día después de la fiesta del patrón de mi facultad y de haber caminado unos tropecientos kilómetros (he intentado medirlo en Sigpac pero es un coñazo, pero creedme que fueron muchos). Yo con una pequeña mochila suficientemente pequeña como para no poder llevar todo lo que me gustaría pero suficientemente grande como para que me molestara al caminar. Lluvia media/intensa. Estoy a 30 minutos caminando de mi casa. Creo que es ocasión de coger el bus.

Voy hacia la parada, veo el bus. No corras, si corres se irá. No corro y llego, está algo lleno pero consigo entrar, alcanzar la mitad del autobús y situarme en una agradable esquina apartado de empujones. Siguiente parada, se sube más gente, el autobús empieza a estar bastante abarrotado. Escucho a una señora empezar a quejarse, que si hay mucha gente, que si deberían poner más autobuses, que si no debería entrar más gente en el bus… afortunadamente el sueño puede con mi sensación de indignación. Pienso que esa misma señora sería la que más protestaría si no pudiera entrar en el bus porque hay demasiada gente y la dejara tirada en la parda. Pienso en este post, ya tengo tema. Pienso que todo el mundo nace siendo de izquierdas, pero que en algún momento se suben a autobuses como estos y no pueden soportar la idea de compartir espacio con esa gente. Tranquilos, yo aguanto, he ido demasiadas veces en autobuses así. Pero la historia pega un giro radical.

La señora no es señora, es un chico más o menos de mi edad que pierde aceite por todas partes. Nunca había visto tantos prototipos de persona en uno solo: malote quinceañero, homosexual pijo, maricona de bolso, aldeano montaescándalo… y todo ello con voz de vieja. No sé por dónde afrontarlo. La cuestión es que la señora, perdón, el chico, sigue haciendo chistes que todo el autobús le ríe, algunos de ellos contra el conductor. Me enerva más, además no me hacen ni puta gracia.

Llegamos a la estación de autobuses, se baja casi todo el mundo incluido la señora-chico y todo su club de fans. Respiro tranquilo, me imagino que el conductor también respirará tranquilo. Cuando me doy cuenta, hay una señora que se acaba de subir al autobús, pegada a “la barra” del conductor, mirándolo fijamente y pronunciando la típicica conversación de vieja generada a partir de palabras clave que no pueden faltar en estas conversaciones: ayyy, manolo, dolor, médico, pies, caminar, maruxa…. Mira fijamente al conductor, como si los 80 céntimos que paga (perdón, 0 céntimos, los jubilados no pagan) le diera derecho también a consultorio psico-medico-socio-sentimental. No aguanto la risa, me empiezo a reir solo en medio del bus. En ese momento la gente me mira y el único individuo de la manada que podía llegar a tener un comportamiento aceptable se convierte en un loco más que se ríe sólo.

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