Viajar por el espacio. (Aperitivo prescindible)
En 2001 Dennis Tito pagó 20 millones de dólares para ser el primer turista espacial, según Wikipedia. Desde él otros se han apuntado al carro, reduciendo los precios, hasta que actualmente se habla de 140.000 euros que se irían reduciendo hasta los 14.000. Desde hace años comento a mis amigos que no sería nada descabellado que acabemos viajando al espacio. Será cuestión de cinco, diez, veinte o treinta años que el billete no cueste más de 1.000 euros, incluso tirando por lo alto.
Exagerar para vender más.
Como es un tema que veo tan cercano, el sábado pasado me quedé escuchando en la radio un reportaje sobre turistas espaciales. Comentaban que en esos vuelos a más de 100 km de la Tierra se puede alcanzar una velocidad de Mach 3,3, lo que equivale a unos 4.000 km/h. Después de estas dos cifras, explicaban que es casi cuatro veces la velocidad del sonido.
Me gustaría pensar que los encargados del reportaje no entienden que Mach 3,3 es 3,3 veces la velocidad del sonido, pero no se trata de ignorancia, se trata de algo peor: exageración absurda. Resulta que no hace falta ser ingeniero aeronáutico para saber que 3,3 es casi 3, no casi 4. Y si hablamos de 4.000 km/h creo que la cifra es suficientemente impresionante para lo que estamos acostumbrados como para tener que exagerarla.
Tanto medios de comunicación como muchas personas comparten esa mala costumbre de la exageración por sistema. He llegado a cuantificar la desviación de algún conocido. Si hablan del tiempo que les lleva llegar de un sitio a otro, o quieren contar lo barato que es un restaurante, aplican un recorte de un 25%. Si la cifra es positiva, el aumento se produce en el mismo porcentaje pero creciente.
Consejo: tu historia no va a ser más o menos interesante por ese exagerar un 25% las cifras. Se trata de comunicar, no de negociar el precio de una alfombra empezando alto para acercarse a la realidad.
Foto: NASA
Una alergia puede ser muy molesta, pero no suele ser tan dañina como otras enfermedades que nos pasan más desapercibidas. Con la publicidad online ocurre un poco lo mismo, como consumidores de información nos fijamos más en los estornudos que en revisar periódicamente la salud.
Podemos distinguir entre tres tipos de publicidad dañina. Bajo mi criterio, y esto será discutible, el orden está claro: todas deben evitarse pero prefiero publicidad intrusiva a contenido patrocinado, y mucho antes que contenido comprado.
En el argot de publicidad online los llaman interstitial, layer, pre-roll… todo aquello que no nos permite ver el contenido inmediatamente, nos lo tapa hasta pasar cierto tiempo o nos obliga de alguna forma a verlo en contra de nuestra voluntad. Un atentado contra la experiencia de usuario con un motivo poderoso: conseguir más visibilidad por parte del anunciante y por tanto más ingresos por parte del medio.
O la famosa discusión sobre posts patrocinados. No es molesto, o no tanto como otro tipo de publicidad intrusiva, pero guarda en el mismo cajón la gasolina y las cerillas, esto es, los intereses de un anunciante se ponen al mismo nivel que la opinión del medio. Al menos la condición aquí es dejar muy claro que ese post ha sido pagado, dejando al lector que saque sus propias conclusiones.
Dentro de este apartado hay distintos niveles de gravedad, de hecho algunos son delito. El más habitual, por desgracia demasiado, es la presión del anunciante para hablar más o mejor de su producto a cambio de publicidad: “si no hablas bien de mí no te pago la publicidad”. Un camino peligroso también para el medio: es difícil fiarte de alguien que ya te ha mentido una vez.
Ojo, que también funciona a la inversa (y conozco casos, obviamente no bajo mi techo): “si no me contratas publicidad hablo mal de tu producto” o “si no me haces un favor hablaré mal de tu coche”.
También entra en este apartado la famosa compra de enlaces (semánticos), que podríamos decir que es una compra de voto en las urnas de Google.
Por suerte la transición de los medios a internet está ayudando a que no sea tan fácil comprar o condicionar contenido, al menos hacerlo de forma descarada. Los mecanismos de reputación funcionan mucho más rápido, y la capacidad de compartir, comentar y difundir una noticia es un mecanismo de control.
Si en una revista escrita alguien publica un contenido claramente comprado, cinco lectores se enterarán y el resto no. En internet ocurre lo mismo, con la diferencia de que esas cinco personas posiblemente realicen los cinco primeros comentarios a la noticia.
La tecnología elimina barreras, y nos acerca cada vez más a nuestros objetivos de comunicación y contenidos. Sin embargo, estos van cambiando a medida que los conseguimos.
Pongamos un ejemplo, el vídeo sobre estas líneas.
“Bergensbanen” es posiblemente el documental mas largo del mundo con siete horas y media de duración. Muestra cada minuto de viaje en formato panorámico desde Bergen, costa oeste noruega, a Oslo. (vía)
Hace un par de semanas, dediqué diez minutos a ver el corte que pongo aquí. Si hubiese tenido este vídeo hace diez años, probablemente me hubiese visto una o dos horas, pero hoy mi atención está repartida entre muchos más focos.
Lo curioso es que, hace cincuenta años, me hubiese visto el vídeo entero. Y hace cien, si fuese posible, me habría convertido en la persona más feliz del mundo por poder disfrutar de esa “magia”.
Con la música, ocurre un poco lo mismo. El encanto del componente fetichista va a menos. Antes escuchar un disco implicaba ir a la tienda y comprarlo, o copiar un cassete. En cualquier caso, siempre tareas que requerían el suficiente esfuerzo como para recrearse en ellas mientras las hacías.
Después llegaron los MP3, que para mí tenían un componente fetichista todavía mayor que los soportes digitales. Nunca he utilizado Napster, en mis buenos tiempos se negociaba en canales de IRC (Efnet) el acceso al FTP de turno en Suecia, Alemania o algún país con conexiones rápidas. Y cada disco llevaba una serie de archivos de información y control (.nfo, .sfv). Tener el disco sin eso era como tener un disco físico sin carátula.
Con el P2P se perdió este encanto. Hoy soy de esos que compra más discos que nunca, pero por su valor sentimental y para adornar estanterías. Antes de comprarlo ya lo tengo en MP3 o Spotify sin ningún esfuerzo.
Algo similar ocurre con la comunicación personal, aunque a esto ya nos hemos acostumbrado hace mucho. Internet la ha mejorado, pero el cambio lo supuso el teléfono móvil. Lo curioso es que esa hiperconectividad nos hace relajarnos y, a veces, perder oportunidades.
1. Cada vez es más difícil hacer contenidos que te hagan la persona más feliz del mundo, incluso que sean suficientemente brillantes como para que dediques tu tiempo a ellos (economía de la atención). Esto, para mí, es bueno. Lo malo es que quizás hayamos perdido la capacidad de parar y disfrutar de una hora de vídeo de un tren, que nos hubiera hecho felices en otra época. No se trata de cosas que antes molaban y ahora ya no, se trata de cosas que siguen “molando” pero que ahora tienen más competencia.
2. Somos católicos. No por la religión, sino por la cultura del sufrimiento: no hay gloria si no hay un proceso que nos cueste un esfuerzo. Está en nuestros genes.
La solución no es crear barreras artificiales, como no escuchar un disco antes de comprarlo, o tirar a la hoguera los teléfonos móviles. Esto se lo dejamos a los tecnófobos, que no son más que frikis de lo analógico. Nos toca evolucionar, y desarrollar nuestro espíritu crítico. En “El golpe”, Robert Redford apuesta a la ruleta los 3.000 dólares que acaba de conseguir en un timo. Hasta los 90 era un comportamiento aceptable y humano. Hoy no: nos ha tocado la dura tarea de aprender a dar valor incluso a aquello que no nos cuesta conseguir. Y no es una tarea fácil.
[Otro post de la sección borradores que ya huelen mal al fondo de la nevera. De la categoría pensamientos sesudos, que diría Esteban ]
[Este post lleva algunos meses en borrador. Concretamente es el borrador número 31, junto a otras 30 ideas quizás demasiado estúpidas, mal elaboradas o demasiado desordenadas como para ser publicadas. En vacaciones, bajamos el umbral.]
Me encantan los intentos de predecir el futuro. Concretamente, me encanta encontrar errores en ellos. Y es una afición bastante útil: predecir lo que va a ocurrir en 100 años no sólo es complicado sino que resulta inútil, pero saber hacia dónde se van a mover las cosa en los próximos años puede ser una ventaja.
Dos aproximaciones, la humorística y la útil:
Para empezar:
Todas estas anécdotas son de cualquier película, pero llevan un concepto subyacente: no sabemos pensar en cómo será el futuro. Si nos equivocamos tanto en pocos años, significa que realmente tampoco sabemos qué va a pasar mañana.
En esto, 2001: Una odisea del espacio es para mí una de las mejores películas futuristas. Plantea una situación imaginaria, pero con un problema de fondo que 40 años después no ha sido resuelto (qué es la inteligencia y hasta qué punto se puede crear una inteligencia artificial de forma equivalente a la humana).
El problema viene de imaginarse una evolución de la tecnología actual, en vez de pensar qué problemas resuelve y cómo se podrían resolver mejor, aunque ahora no sea posible.
Otro ejemplo de película, la evolución de los móviles hacia algo mucho más vistoso pero que resuelve el mismo problema. La cuestión es que, si puedo prescindir de llevar algo en el bolsillo, lo haré. Si existe una forma de transmitir datos directamente entre cerebro y máquina, las interfaces que plantean las películas futuristas serán ridículas.
Algo más hipotético, cuando nos imaginamos “los coches del futuro”. No hablo de los que lo hacen a corto plazo y fallan, sino más bien a coches voladores. De nuevo, no nos estamos haciendo la pregunta adecuada: ¿resuelve eso el problema de la movilidad? ¿Necesitaremos movilidad tanto como actualmente? ¿Tendrá sentido moverse fuera de casa o de un entorno mínimo salvo para hacer turismo?
Todo esto viene por un breve artículo de Martin Varsavsky llamado La web 3.0 será visual. Me parece un análisis demasiado simplista planteado como una evolución de la situación actual. Puede que esté de acuerdo con las conclusiones, pero no con el planteamiento. ¿Demandan los usuarios más contenido audiovisual? ¿Resuelve el contenido audiovisual los problemas siempre mejor que el texto?
Una pega a su argumentación es el cambio de paradigma de los creadores de contenidos, que han pasado de ser unos pocos y con mucho presupuesto a ser muchos y con poco presupuesto, de hecho podemos pensar en que el contenido generado por el usuario cobre cada vez más peso con presupuesto nulo.
Esto puede ser un argumento a favor de la web visual (sólo una barrera de entrada alta como el vídeo hará rentable una empresa dedicada a medios) o en contra (precisamente por ese coste no podrán competir).
Además de mi blog personal, que mantengo desde 2003, en marzo de 2005 fundé Diariomotor, desde septiembre del mismo año escribo en Motorpasión y actualmente también trabajo como coordinador editorial para Weblogs SL.





